Los productos tienen un ciclo de vida: nacen, crecen, se expanden y mueren.

Podemos dividir las fases de este ciclo de vida según esta jerarquía de compra (Windemere Associates):

Los usuarios o clientes buscan primero la funcionalidad (que el producto haga lo que necesitan hacer), luego la fiabilidad (que el producto no falle); después la comodidad (que resulte fácil de conseguir y de usar) y, por último, el precio (que sea más barato que los demás).

¿Cuándo un producto pasa de una fase a la siguiente? Cuando existe sobreoferta de rendimiento, es decir, cuando la tecnología ofrece más de lo que el mercado puede absorber o necesita. Y ahí la trampa de la mejora continua.

Cuando el usuario tiene todo lo que necesita, toda la calidad que es capaz de apreciar y todas las funcionalidades que quiere utilizar, no tiene ningún sentido seguir trabajando en la mejora del producto. Ese producto ya está en la cuesta hacia abajo para convertirse en un bien de consumo (productos que damos por hecho y que -casi- solo valoramos en función de su precio).

Las empresas entonces deben buscar otro camino, otra forma de abordar la innovación y de invertir sus recursos.

¿Y si invertimos nuestro tiempo y capital humano en entender mejor qué necesitan nuestros clientes? ¿Y si buscamos el camino menos transitado? ¿Y si creamos nuestro propio Océano Azul?