La funcionalidad de un producto se da por hecho. Cualquiera puede fabricar y distribuir un producto y, los consumidores de hoy en día, damos por hecho que todos funcionan aceptablemente bien.

Pongamos un ejemplo. Supongamos que hoy quieres comprar un cuchillo. Las opciones son casi infinitas. Los rangos de precios también. Podrás ir a un bazar de esos que venden de todo y comprar un cuchillo por un euro; podrás ir a una tienda especializada en artículos de cocina y comprarlo por cinco euros; podrás ir a unos grandes almacenes y comprar una colección de cuchillos de autor y comprarlos por más de cien euros. Todos cumplen su función: cortan.

Entonces, ¿qué los diferencia?

Lo que esos cuchillos dicen de mí.

En el mundo de hoy los productos ya no se venden y se compran en función de lo que son capaces de hacer, sino en función de qué hacen sentir a quien los compra.

Quién soy yo determina qué compro.