En defensa de la libertad de expresión, es común escuchar que cualquiera tiene derecho a expresar su opinión, que todas las opiniones son respetables.

¿Todas las opiniones son respetables? Quizá. No lo sé.

Lo que sí sé es que no siempre lo que se dicen opiniones lo son.

Cuando una opinión no está fundamentada, se basa en informaciones sesgadas y no ha pasado el mínimo filtro de autocrítica, no es una opinión, es un prejucio.

Conviene diferenciarlos porque, si no, llenamos nuestras cabezas, nuestras casas y nuestras empresas de opiniones que -respetables o no- no se sostienen en ningún juicio crítico.

Las opiniones pueden ser respetables pero lo que han de ser es rebatibles, discutibles y defendidas con argumentos racionales y no solo con pasión.