Cualquier organización que quiera prosperar sabe que ha de estar pendiente de las novedades, los avances y los retrocesos de los demás integrantes de su sector. Cualquier organización sabe que, para no ser adelantada y reducida a cenizas por su competencia, necesita estar en los puestos de cabeza en lo que a innovación se refiere.

El problema llega a la hora de asignar recursos a la innovación.

Las empresas entienden la importancia de la investigación dentro de sus organigramas y por eso mantienen un laboratorio de I+D. Sin embargo, de lo que pocos se dan cuenta, es de que la investigación y desarrollo tradicionales solo les preparan para un tipo de innovación: la innovación sostenida o mejora continua.

La innovación sostenida nos asegura que iremos mejorando poco a poco -o mucho a mucho- nuestros productos para satisfacer las demandas del mercado y las necesidades de nuestros clientes. Bien.

Pero, ¿qué pasa cuando la calidad que demanda el mercado ya está satisfecha? ¿Qué pasa cuando nuestros clientes no son capaces de absorber o apreciar las mejoras en la calidad de nuestros productos? Pues que hemos tocado techo; hemos sobrepasado las expectativas de rendimiento de nuestro mercado; la mejora continua deja de tener sentido.

Si la mejora continua deja de tener sentido cuando llegamos al techo de expectativas, ¿qué nos queda?, ¿debemos dejar de innovar? No, debemos innovar de otra manera.

Debemos buscar un océano azul, un nicho sin explotar. Debemos mirar en otra dirección (un nuevo segmento de clientes) o fijarnos en otros detalles (necesidades latentes no satisfechas de nuestros clientes potenciales). Buscando de forma consistente nuevos sitios en los que mirar, se abrirá ante nuestros ojos un mundo de nuevas oportunidades para nuestra empresa.