Muchas son las empresas que andan inmersas en lo que McKinsey llamó «La batalla por el talento». Empresas y organizaciones luchan por identificar y atraer a los high-achievers (los que triunfan, los que lo logran todo). Para ello, establecen sistemas muy meritocráticos: solo los que sean capaces de demostrar que tienen un pasado académico y profesional intachable llegarán; solo los que sean capaces de lograr objetivos trimestre tras trimestre se quedarán.

Intentar atraer a las personas más talentosas esconde una realidad menos ideal. Cuando las empresas comienzan la batalla del talento, están favoreciendo, muchas veces sin darse cuenta, una cultura despiadada. Una cultura en las que solo sobrevive el más fuerte y , por tanto, una cultura en la que todas las armas son válidas. La ley de la selva. Muchos están convencidos de que así es el mundo y así deben ser las empresas. Allá ellos.

Para los que no sienten que esa visión del mundo encaje con ellos, existe otro camino, uno menos transitado y lleno de oportunidades, el de atraer a las personas que creen en tu causa, el de crear tu propia tribu.

Las empresas del siglo XXI necesitan un propósito mayor que sí mismas para avanzar y prosperar, una visión y una misión, una historia que contar. Una historia alrededor de la cual aglutinar a las personas adecuadas, aquellas que están dispuestas a seguir una dirección y no cejar hasta llegar al destino, aquellas que tienen lo que la psicóloga americana Angela Duckworth llamó grit (aguante y determinación, pasión y perseverancia).

El talento no es nada. Algunos incluso dudan de que exista. En realidad, la mayoría de seres humanos tenemos capacidades innatas bastante similares. Son muy, muy pocos los que sobresalen por arriba o abajo. Y no nos equivoquemos, los que triunfan, no lo hacen nunca solo gracias a sus habilidades naturales, sino gracias a la dedicación, la pasión y la constancia.

Ayudar a las personas a conectar con su pasión y a ser perseverantes, incluso ante las mayores adversidades, es la única forma que tenemos de garantizar que darán lo mejor de sí mismos. A eso deben aspirar las empresas modernas. También las escuelas.

Creemos una cultura que valore y premie más el esfuerzo -la carrera a largo plazo- que las condiciones de salida, porque solo así lograremos que nuestras empresas y organizaciones prosperen (con dirección y perseverancia) y que nuestras niñas y niños consigan lo que deseen.